Si pasa, mamá

Aquí os dejo la primera colaboración, estoy encantada de poder compartís con vosotros las palabras de otra Mamá. Una mamá que forma parte de esa pequeña tribu de la formó parte, prácticamente de manera virtual, pero que siempre está ahí para aconsejar y acompañar. Gracias Yamila por querer aportar una parte de ti.

Suele ser frecuente escuchar un “no pasa nada” acompañado del llanto de un niño, o más bien es esa frase y otras del mismo tipo las que siguen al gemido de dolor, ya sea físico o psicológico, del pequeño. Es como si los adultos supieran lo que siente el niño en ese momento, y sus palabras de consuelo realmente fuesen de desaliento, ya que pretenden negar ese dolor.
Comprendo que uno quiera quitarse cuanto antes el problema porque presupongo que cuando se dice “ya está”, “no ha sido nada”, “no es para tanto”, lo que se pretende es hacer borrón y cuenta nueva para que el niño prosiga con el mismo estado de ánimo anterior al suceso, como si nada hubiera ocurrido. Le llamo “suceso” porque no ha de ser una caída obligatoriamente, quizás una ola de la playa hayan ocasionado esas lágrimas, o la crema solar que mamá decidió unilateralmente extender sobre el cuerpo de su hijo, o puede ser que otro niño cogiese algún juguete, o que el papá le obligara a compartir su manzana.

Muchos de estos momentos críticos son provocados por los mismos adultos, forzando al niño a situaciones en las que éste no se encuentra cómodo. Y con esta actitud solo demostramos nuestra falta de consideración hacia los más pequeños. Es cierto que otras tantas veces no tenemos nada que ver con esa congoja (no la hemos provocado nosotros) pero nuestra forma de (intentar) solventarlo sigue denotando falta de respeto, de empatía, o como se quiera llamar, porque si nos pusiéramos en su piel, nunca nos reiríamos del llanto de un niño, no negaríamos su enfado, no pasaríamos por alto su dolor, no ignoraríamos su miedo, no le incitaríamos a no expresar sus sentimientos, y nunca forzaríamos a los niños a hacer cosas que no quieren, a no ser que éstas sean vitales, esenciales, de vida o muerte o cualquier otra situación donde el adulto ha de tomar las riendas por responsabilidad. Y dichas estas últimas palabras, estos momentos son muy pocos, y estos podrían coincidir con los límites marcados.

Cuando un niño se cae y comienza a llorar, la primera reacción del adulto es comprobar si se ha hecho daño “realmente”. La intuición es sabia y es importante evaluar la herida, pero nunca podremos cuantificar lo que debe sentir el pequeño, eso sólo lo puede saber él. Si se le hace ver al niño que no ha sido nada, o que ya debe dejar de llorar, o que no es para tanto, se sentirá confuso ya que sus sentimientos parecen opuestos a las palabras que lo expresan. No se conseguirán niños más fuertes y valientes sino personas adultas que no sepan transformar en palabras sus sentimientos.

A continuación expongo un ejemplo real que refleja el significado del texto anterior. Es algo que tuve la mala suerte de presenciar hace tan solo unas horas, aunque siempre hay un lado bueno de las cosas, el aprendizaje que suscita esta experiencia, ya que yo también he cometido y sigo cometiendo errores de este y otros tipos en la crianza de mi hija (hace años ya, me vi diciendo una de estas frases, con la soberbia que caracteriza a los adultos, a mi sobrina, de 4 años, después de haberse caído. Como no paraba de llorar le dije que no se había hecho tanto daño, y su hermana, de 6 años, me contestó que “¿cómo lo sabía si no era yo quién se había caído?. Me quedé callada para después añadir un tímido “es verdad”).

“Un niño de unos 18 meses llega a la playa con su madre y otros adultos, cuya relación con el niño desconozco. Nada más plantar la sombrilla, la madre pulveriza y extiende crema solar sobre él de forma brusca. El niño comienza a llorar desconsoladamente… la madre tiene una

mueca sonriente en su cara y los dos acompañantes también ríen mientras miran cómo se queja el crío. En principio uno puede pensar: “la crema solar es necesaria para protegerse del sol, así que aunque la madre se la haya echado de forma algo irrespetuosa, al fin y al cabo se ha visto obligada a hacerlo”. Aún así, sobran las sonrisas y las caras alegres, pero uno intenta justificar lo que ve para sentirse cómodo.

Cuando el niño se recupera del caos emocional sufrido, la madre, que viene de pegarse un chapuzón, decide que su hijo tiene que bañarse también y así, sin más, le arrebata el momento que estaba viviendo (ya que jugaba tranquilo sobre la arena) y se lo lleva al agua. El niño vuelve a gritar, desesperado, sin entender que está ocurriendo, se pregunta por qué vuelven a arremeter contra él. Ya en el agua, las olas no paran de venir y el chiquillo, muy asustado, se agarra al cuerpo de su madre, sigue gritando y su madre sigue con esa mueca sonriente como si dijese: “yo sé lo que te conviene, muñeco”; “yo sé cómo quitarte el miedo, nene”. En ese momento tenso, la madre no se da por vencida y se mete aún más profundo. Separa al niño de su cuerpo y, como si fuese un paño que hay que frotar, sumerge al niño bajo el agua. Parece como si lo entregara a las olas que, de forma violenta, sobre todo para un niño tan pequeño, van acercándose a la orilla. De vuelta a la sombrilla, el pequeño sigue llorando… se escucha decir: “no llores, grita”; “lo ves, no pasa nada”; “si es por tu bien”.

Esta escena se repitió una vez más, aunque no fue la madre sino el amigo, el protagonista de tan “orgullosa hazaña”: “así estás mejor, tonto”, le decía mientras el niño lloraba…

Como testigo de ese horrible numerito, y habrá quién al leer mis palabras crea que exagero, sentí bastante desasosiego. Tenía ganas de intervenir, pero hacerlo de forma constructiva, para mejorar el entendimiento entre madre e hijo. Quería hacerles ver que todo lo que estaban haciendo era contraproducente, pero me quedé callada, mirando, pensado, pensado en que si a uno de estos adultos se le forzara a tirarse por un barranco, en cuyo final de éste se encontrara una cama elástica que asegurara una caída limpia y sin peligro, y dicho dato fuese una incógnita, quizás y sólo quizás, podrían comprender los sentimientos de sofoco del crío: podrían empatizar con él. Porque hablamos de sentimientos, y éstos no pueden negarse. El niño siente verdadero pavor al agua fría, a las olas, al ruido de éstas al romper, se siente ultrajado y vapuleado por su propia madre, que parece no atender a sus gritos, a su llanto, su única forma de expresar su desacuerdo.

Este caso descrito es bastante extremo, no todos los padres que usan esa coletilla de “no pasa nada” hacen estas barbaridades, pero si representa la forma en cómo dirigimos a nuestros hijos, en cómo los tratamos, y en qué plano los situamos.

En mi opinión, cuando un niño llora, tenga el adulto o no las herramientas para resolver de forma airosa la situación desencadenada, se le ha de ofrecer consuelo, acompañamiento, amor, compresión… y todo ello de forma respetuosa, alejada de la condescendencia. Es más fácil llegar a esta conclusión si nos imaginamos que la persona que pide nuestro apoyo es otro adulto. En esa situación no se nos ocurriría ningunear sus sentimientos. Escucharíamos sin más, sin decir frases distantes del apoyo, evitando en todo momento tener como objetivo principal el cese del llanto en sí…

Nota de la Autora

A veces pienso que el hecho de que algunos padres tengan más tolerancia y paciencia al llanto o queja de niños ajenos que al de los propios es debido a que, en parte, se sienten responsables inconscientemente del cese del dolor de sus hijos, pero debido a la impaciencia imperante en nuestra sociedad, pretenden mitigarlo rápidamente, y si no lo logran se ponen nerviosos y se alteran con ellos/as.”

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